17/3/15

MEJÍAS EN ACCIÓN


LA CIUDAD DE LA MEMORIA
SANTIAGO ALVAREZ
Ed. Almuzara/ Tapa Negra, 2015



Con esta novela de título memorable se estrena el escritor murciano Santiago Álvarez, si bien ya había hecho anteriormente otras incursiones literarias en forma de relatos. Polifacético, este autor también se mueve en el mundo informático, el musical y en el de lo fantástico (concretamente, Tolkien), y su afición al cine/novela negra es ostensible. De todo ello hallaremos huellas y ecos en la lectura de esta narración. Narración que se inscribe en la estructura de lo que se ha venido en llamar novela negra o policíaca, respetando los clásicos esquemas básicos: detective recibe encargo, investiga y comienzan los problemas, salen los trapos sucios y la acción se dispara.
Todo un personaje, Mejías es un policía devenido en detective, maduro, experimentado y quemado, lleno de filias y fobias, mitómano empedernido, siempre al filo de la navaja y sin un euro. Hubo un socio, que murió, hubo una crisis y un hundimiento. Mejías es un hombre contradictorio, aferrado al pasado y a la memoria, que sobrevive a base de scotch, vinilos, y películas de los años cuarenta (por este orden). Vive en otra onda, al margen de ordenadores, móviles e internet. Onda en la que, justamente, su flamante secretaria se mueve.
Como en toda novela policíaca que se precie, la secretaria/ayudante sirve de contrapunto al personaje central. En este caso es Berta, una joven estudiante de periodismo con las inevitables estrecheces económicas, muchas ilusiones y ganas de aprender. Ella es la que introduce la modernidad en el mundo arcaico y cerrado de Mejías.
Del mismo modo, como prescribe el género, se va desvelando una intrincada trama que oculta secretos inconfesables, corrupciones y negocios a cuál más pringado. Malvados, mujeres despampanantes, desaprensivos, ingenuos, amigos que ayudan en los momentos insospechados,  un gatito, todos desfilan por estas páginas...incluso un loro, (en realidad, un yaco, variante de pájaro parlanchín) con el que  comienza la acción. El macguffin, que diría Hitchcock. El autor sigue, pues, el esquema tradicional de este género, trufado, eso sí, de su impronta personal:  flashes de películas, letras de canciones, recuerdos del cine clásico y la mejor música del jazz.
En cuanto a la ambientación, en vez de pasearse por la Sexta Avenida de Nueva York, Brooklyn o el Bronx, Mejías tiene su despacho en el mismo centro de Valencia, y la acción se desarrolla en la ciudad levantina y alrededores. Sin embargo, la ciudad es  marco, no  protagonista de la novela. La historia es humana, en la que conviven  luchas por el poder,  rencillas familiares, un viejo secreto y el temor a su revelación, así como una venganza aplazada durante generaciones.



La estructura narrativa tiene varias líneas de lectura: la investigación que le es encargada a Mejías por un potentado valenciano (que recuerda al viejo general de El sueño eterno) paralelamente a la  incorporación de Berta –un soplo de aire fresco, un rayo de luz- a la desastrada agencia del detective; una serie de conversaciones telefónicas anónimas, que mueven los hilos en la sombra; una doble subtrama histórica, (apareciendo paulatinamente en la novela y desvelándose casi al final) que se remonta por una parte al siglo XVIII en Andalucía y al siglo XIX en Argentina, atándose al nudo principal, situado en los años 30 en Valencia.  Hacia la mitad del libro hay una recapitulación, muy bien hilvanada, para que el lector no se pierda con las distintas tramas. Hasta ese momento, la acción se desarrolla a muy buen ritmo, dosificada convenientemente, mezclando la investigación de Mejías y la relación con su secretaria Berta, una chica que, pese a su juventud, tiene el carácter vivo y la inteligencia despierta y no aguanta que la dejen de lado. Después hay otro momento de receso, antes de lanzarse a los capítulos  finales donde la acción llega a su clímax.


El lector se verá inmerso en persecuciones automovilísticas, peleas, tiroteos, discusiones, algunas tranquilas charlas, y también ¿por qué no? unas gotas de pasión amorosa -solo unas gotas, y con cloro- envuelto todo en un celofán de fino humor que se destila lentamente, como el mejor whisky escocés, al fondo la música de Coltrane, y las imágenes de Bogie en la pared y en las pilas de películas que consume nuestro detective en sus ratos de ocio. El autor ha dejado diseminados en el texto diversos guiños a todo ello, como también una mención a un cuaderno rojo, (doble homenaje a Auster y al grupo literario del autor, ECR).

Un capítulo cercano al final del libro explica las claves de la historia. Quizás no hubiera sido necesaria una explicación tan larga, que pisa el freno de la acción. En realidad una novela de este género no necesita aclarar totalmente un caso, como en las policiacas clásicas de Conan Doyle, Simenon o Christie, que se busca al asesino. El sueño eterno, Adiós Muñeca o el mismo Halcón Maltés, son narraciones que dejan muchas partes en penumbra, porque lo que más interesa es mostrar un clima moral, unas relaciones, una acción y una tensión más que una historia con un principio y un final definidos. Es el proceso lo que interesa, más que el desenlace, que a veces queda desenfocado o difuso. En el caso que nos ocupa, el proceso que desarrolla la novela es, por un lado, una historia familiar, -la de los Dugo-Escrich- llena de conflictos y de luchas por el poder, con un terrible secreto al que se quiere impedir acceso a toda costa. Por otro, la trayectoria personal del detective, llena también de conflictos, de luces y sombras. Y finalmente, la relación con la secretaria, que ya se sale un poco del esquema clásico, en la medida en que se plantea más como una relación paterno/filial, un contraste de generaciones.
Cada capítulo de los veintitrés que componen la novela, se inicia con una cita cinematográfica, que tiene relación con lo que vamos a leer después. A lo largo de las páginas encontramos continuas referencias a películas y más concretamente a Bogart, que parece ser el alter ego del mitómano Mejías. Quizás no hubiera sido necesario explicitarlo tanto, por obvio. Cualquier buen cinéfilo y lector de novela negra percibe las continuas alusiones a momentos de las grandes novelas o películas del género, y no necesita que le nombren a Bogart para reconocerlo en muchos diálogos y fragmentos de la presente novela. Diálogos que, por cierto, resultan francamente ingeniosos y cuidados. El autor no abusa de ellos, y los usa con prudencia y sobre todo con tino, lo cual es muy de agradecer. Cuando no hay necesidad, los resuelve con estilo indirecto, muy elegantemente. Santiago Álvarez sortea muy bien este error en el que muchos autores noveles (y no tan noveles) suelen caer.
En suma, la novela resulta bastante verosímil, de ritmo bien medido, creciente interés, con la información dosificada y manteniendo la atención del lector en todo momento. Una buena novela del género, que revela a un buen escritor al que le queda abierta una -auguramos larga- carrera literaria. Esperamos que la recorra cada vez superándose a sí mismo y mantenga  al lector pendiente de sus nuevos logros.

Santiago Álvarez (Murcia, 1973). Es director de contenidos del festival de género Valencia Negra, que se realiza en la capital del Turia desde 2013 y camina hacia su tercera edición.
Se inició en la literatura escribiendo relatos, (con el grupo literario El Cuaderno Rojo) muchos de los cuales han sido premiados en diversos certámenes. Ha escrito, protagonizado y dirigido musicales y obras dramáticas, y ha grabado varios discos con distintas formaciones. Asimismo es el primer profesor en España del software para escritores Scrivener, del cual realiza regularmente talleres presenciales. La Ciudad de la Memoria es su primera novela, aunque ya prepara nuevas aventuras para sus protagonistas, Berta y Mejías.


Ariodante




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