13/9/15

CASTILLOS TURCOS

EL CASTILLO BLANCO

                         ORHAN PAMUK
                 DEBOLSILLO, 2008




El Castillo Blanco, publicado anteriormente en España como  El astrólogo y el sultán, título que creo le conviene mucho más que el que se la ha dado en esta edición de Mondadori. Ignoro cuál es realmente la traducción del título original,  Beyaz Kale.
Es una novela ambiciosa; pero en mi opinión, fallida. Se la comenta como novela histórica porque está ambientada en el siglo XVII en Turquía, pero no es, propiamente una novela histórica, sino que tiene un marcado carácter psicológico. El tema es la identidad, la relación casi hegeliana entre amo/esclavo, de tal modo que nos recuerda la película El Sirviente, de Joseph Losey: el sirviente que se va convirtiendo en señor, apropiándose  de la casa, la mujer, la vida del amo. Y el amo pasa a depender del sirviente. Pero entre tanto, un millar de referencias literarias nos bombardean y un continuo rizar el rizo en la relación entre el cristiano y el musulmán llega hasta el paroxismo.
Un veneciano ilustrado y con conocimientos científicos es abordado en un viaje por mar por una galera turca y hecho prisionero; para intentar salvarse de condiciones penosísimas, el veneciano se hace pasar por médico y consigue un cierto nivel en la prisión, hasta que es llamado para atender a alguien en la corte del sultán y es reconocido por un personaje, el Maestro, astrólogo y científico, que se interesa por él. Tras sufrir un simulacro de decapitación para hacerle rechazar su fe (que por otra parte, no se entiende que la tenga, ya que no sigue ni sus prácticas ni siquiera su moral) y sobrevivir, el sultán lo entrega como esclavo al astrólogo, que se lo lleva a vivir con él.

A partir de ahí, se establece una relación incomprensible entre ambos. Páginas y páginas en las que las discusiones, los razonamientos y los larguísimos momentos en los que no pasa nada, más que la repetición de lo mismo: el astrólogo le hace contar una y otra vez su vida, le pregunta incansablemente por sus conocimientos, por el modo de vida de los cristianos (ellos), los occidentales. Y el autor se concentra en describirnos un proceso de identificación del uno en el otro; incluso los describe como muy parecidos físicamente. La onírica escena de  ambos ante el espejo, tratando de ver su parecido y de saber quién es quién, es casi surrealista. Y los interminables días sentados ante la mesa escribiendo sus maldades, uno frente a otro, insultándose y golpeándose, llegan a hacerse francamente aburridas y repetitivas en exceso
Ambos tienen también una extraña relación de veinte años con el sultán, que de niño al que le cuentan historias extravagantes, va pasando a joven, que sigue interesado en que le interpreten sus sueños y le cuenten cómo es el mundo que no conoce, le hablen de astrología y le hagan predicciones y, cuando se declara la peste, le adviertan qué ha de hacer para prevenir contagios y disminuir la extensión de la plaga.

Es desesperante la reacción del astrólogo frente a la peste, mientras que el veneciano está aterrorizado y trata de evitarla, el astrólogo no sólo no la teme, sino que gasta crueles bromas al respecto, convencido de que si ha de morir, morirá, y si no, no ha de preocuparse.
Es incomprensible la atracción entre ambos y aunque el pobre esclavo sueñe durante años con volver a su Venecia natal, sólo al cabo de mucho tiempo, y como resultas de un fuerte enfrentamiento y aprovechando la enfermedad del amo, hace un único intento de escapar; intento absurdo y por supuesto, fallido.
El proceso de interrelación que siguen ambos es increíble. Y no parece interesarle al autor contarnos apenas nada más, con lo que no sabemos casi nada sobre la vida cotidiana,  ni del sultán ni de ellos, de qué viven, cómo viven, por qué esas relaciones tan distantes con las mujeres, siendo como son los dos heterosexuales, pero es un tema que queda al margen, supeditado al proceso de identificación.
Hay muchas referencias literarias, a autores turcos, e internacionales, incluso a Cervantes, y a veces recuerda ciertos procesos de confusión de identidades en Paul Auster, sobre todo en La ciudad de cristal. O los de Philip Roth en muchas de sus obras.

Y así pasan la vida: investigando cosas sin sentido para el sultán, y no se nos explica cómo saben de esas cosas: le divierten creando castillos de fuegos artificiales, inventando máquinas diversas, y finalmente le convencen de que les financie la creación de una máquina de guerra que, según ellos, les hará ganar a todos sus enemigos. La máquina les lleva años de intentos, fallos, destrozos, y mientras tanto, van alternando su relación con el sultán, que también es un personaje que queda desvaído y desatendido. Interesado más en la caza que en la guerra, es incomprensible cómo acepta la máquina infernal de los dos enloquecidos, astrólogo y esclavo, que intercambian su papel constantemente en su relación con el sultán, el cual está convencido que es el infiel el que lleva la iniciativa en todos los procesos que inician, y el que le ha proporcionado a su amo, el astrólogo, todas las ideas que éste exhibe.
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Pamuk resuelve la novela recurriendo a un personaje que prologa la narración diciendo, como un eco cervantino de Cide Hamete Benengeli, que ha encontrado el texto por casualidad. Y al final en un epílogo, el propio autor nos explica sus alusiones literarias, gracias a lo cual entendemos algo del proceso seguido, para mi gusto demasiado retorcido y complicado, con lo que la historia pierde frescura y se hace pesada y plomiza. Si de la relación Oriente y Occidente se trata, como algunos han comentado, Occidente sigue quedando en tinieblas, mirado desde Oriente. No sabemos nada de Occidente, salvo que ellos son diferentes. Pero el veneciano, como representante occidental, desarrolla un proceso de asimilación tan fuerte que finalmente puede intercambiar su papel con el astrólogo turco. Aprende su idioma  a la perfección, sus costumbres, y lo único que no abandona es su fe, que por otra parte no practica y a la que nunca hace referencia. No entendemos por qué insiste en mantenerla, a menos que sea un símbolo más de Occidente, como otras cosas. Tampoco sabemos el por qué y el cómo de las campañas turcas que les llevan hasta tierras polacas, y hasta el misterioso castillo blanco que frena su avance. Deduzco que también es un símbolo de la fortaleza occidental, pero es tal la manera de presentarlo, que no sabemos bien cómo interpretarlo.
Al parecer, esta novela fue la que le hizo más famoso, por ser objeto de grandes elogios por parte de John Updike. Como no soy lectora de Updike, no puedo saber qué le hizo entusiasmarse con esta novela. Mi entusiasmo, desde luego, no lo tiene.
Resumiendo, una novela que quiere abarcar más de lo que abarca, decir más de lo que realmente dice, y que llega a aburrir en muchos tramos y en otros, nos deja a mitad camino, proponiendo ideas muy atractivas que quedan sin desarrollar. Le sobra metraje y le falta concisión.

 Orham Pamuk, (Estambul, 1952), escritor turco que recibió el premio Nobel en 2006, ha publicado diversas novelas y ensayos, estudió periodismo y arquitectura, y a raíz de sus opiniones y denuncias políticas, es persona non grata  para los fundamentalistas turcos, e incluso estuvo implicado en un proceso judicial con amenaza de cárcel, por lo que abandonó su país y ha estado viviendo en Europa y pasado largas temporadas en EE.UU., antes de regresar en 2007 de nuevo a su país.
  

Ariodante

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