11/2/12

VIAJANDO CON BLASCO IBÁÑEZ

PRESENTACIÓN EN VALENCIA DEL LIBRO DE BLASCO IBÁÑEZ:
EN EL PAÍS DEL ARTE.TRES MESES EN ITALIA.
Ediciones Evohé


Bajo un sol espléndido, un diáfano día de este invernal febrero, y ante un mar de azul brillante de sonoro oleaje, ha tenido lugar en Valencia la presentación del libro En el país del arte. Tres meses en Italia, del insigne escritor valenciano y universal, Don Vicente Blasco Ibáñez. Y ha tenido lugar en le Casa-Museo, plena de recuerdos de la vida del escritor, muebles, cartas, cuadros, fotografías;  un sinfín de objetos que le acompañaron en vida y que tuvo entre sus manos. El espíritu de Don Vicente flotaba por las salas, mirando al mar desde el piso superior, donde cariátides y columnas griegas sustentan el tejado, mientras la sala de la planta baja se iba llenando de público que se congregaba para escuchar a Rosa María Rodríguez Magda, directora de la Casa y prologuista del libro; a Julio Castelló, escritor y poeta, responsable de la magnífica edición del texto de Blasco y de la colección El Periscopio; y finalmente, el editor Javier Baonza, de Evohé Ediciones, responsable último de la producción del libro a presentar.
La primera intervención corrió a cargo de Rosa María, que nos leyó el prólogo del libro, haciendo aclaratorios incisos y breves comentarios en uno u otro momento. Enmarcó históricamente el momento y las circunstancias en que  Blasco sale de España en dirección a Italia. La conflictiva situación política en la península, el derrumbe de las últimas posesiones de ultramar, la guerra de Cuba. Destaca en este prólogo el carácter general del texto de Blasco: no se trata de un diario de viaje, no se trata de una guía para turistas, se trata de un escritor en ruta. Blasco viaja, pero sigue siendo él mismo: y por tanto, todos los comentarios que vierte mientras nos cuenta la impresión que le causa el mar, o la emoción que le provoca la ciudad de Roma, o la basílica de Asís, el interés que le suscita la visita a Pompeya, que desborda su imaginación convirtiendo el recorrido en un teatro viviente; todas las opiniones  e interpretaciones nos llegan juntamente con las ideas que Blasco defiende, la manera personal de ver la historia y la política, y en suma, el modo cómo el escritor, ya maduro a sus diecinueve años, enfoca y dirige una mirada llena de contenido sobre todo aquello que ve, percibe o imagina en el trayecto que va a recorrer durante tres meses.

Tras Rosa, habló Julio Castelló. Se explayó en los agradecimientos, no sólo a los que han contribuido a la producción del libro sino también a la Casa Museo por acogerles, y a Rosa por prologar tan acertadamente. Explicó los criterios llevados en la edición del texto, las ediciones anteriores que habían cotejado, e insistió en el carácter divulgativo de esta edición,  en la línea llevada por las anteriores publicaciones de la colección El Periscopio. En tono distendido, comentó acerca de los inevitables errores y erratas que finalmente acaban apareciendo aunque las revisiones hayan sido incontables, ya que se considera un perfeccionista.

En último lugar tomó la palabra Javier Baonza, que también de modo distendido y  tras los agradecimientos laudatorios de rigor nos fue contando algunas de las dificultades de la edición, puesto que, al no existir transcripción digital del texto, tuvieron que realizarla en el equipo. La lucha contra las erratas y los errores de la impresión es, al parecer, un problema endémico de la edición literaria. Nos contó otros ejemplos de errores de la portada o el papel de las páginas, los problemas de decidir qué cantidad de ejemplares se hacen en cada tirada, las fluctuaciones imposibles de imaginar del público lector, etc. cuestiones que no conoce el que va a la librería y se encuentra con el libro entre las manos, pero que el editor tiene que bregar con ello y bastante más.
Insistió a su vez en el carácter divulgador de la colección de viajes El Periscopio,  a la vez que en su carácter literario, es decir, en la idea de presentarnos unos textos viajeros donde el que viaja es un escritor o un artista, y por tanto, puede mostrarnos una faceta especial, distinta de la mirada del turista, una más profunda indagación de lo que representa el viaje, y, sobre todo, una manera literaria de contarnos un viaje. El humanismo que aporta la mirada de Blasco es buena prueba de ello.

Acabada la sesión salimos al soleado jardín, donde nos demoramos un rato al sol alargando la charla mientras durase el vino. En cuanto la marea cambió, comenzó a soplar la brisa marina y nos despedimos.


10/2/12

MUJERES ESCRIBIENDO: MADAME DE GENLIS

LA ESCRITORA
MADAME DE GENLIS
Traducción Carlos Vendrell
Erasmus ediciones, 2010

El libro agrupa dos textos: La escritora, novela corta de marcado tinte autobiográfico, y una breve selección de capítulos de las Memorias de Madame de Genlis, publicadas en 1825 en diez volúmenes, de los que se han extraído fragmentos de los volúmenes I al VI, que corresponden desde su infancia hasta el retorno al París de Napoleón.

La escritora es una relato en el que la autora desarrolla, extrayendo muchos datos autobiográficos, el surgimiento de la dedicación a la literatura de una dama, Nathalie, y los problemas que de tal ocupación le van surgiendo, con lo que advertimos en la narración una cierta finalidad ejemplarizante, a la vez que una reflexión sobre las relaciones humanas y, sobre todo, entre ambos sexos, poniendo en tela de juicio el papel que las mujeres cumplen o se supone  que deben cumplir en la sociedad.
Para tener un referente y un punto de comparación, Mme. de Genlis crea el personaje de Dorothée, hermana mayor de Nathalie. Ambas casadas muy jóvenes, Nathalie desde muy pequeña practicó, además de la música, la escritura, manteniéndolo en secreto, mientras que Dorothée se dedicaba a las actividades femeninas consideradas como normales

Tras enviudar a los 22 años, Nathalie se dedica en cuerpo y alma a la escritura, a la vez  que surge en su vida una pasión amorosa. La historia de amor sigue  cauce habitual, con intrigas, celos, malentendidos, deseos reprimidos y toda la parafernalia, hasta que Nathalie publica su primer libro y su actividad literaria sale a la luz, y todo cambia: el mundo parece haber mudado ante tan insólito hecho. Por boca de Dorothée habla el sentido común de la época: «la condición de las mujeres es, como cualquier otra, feliz cuando se poseen las virtudes que exige, pero infeliz cuando se entrega a pasiones violentas, al amor que nos extravía, a la ambición que nos vuelve intrigantes, al orgullo que nos corrompe y os desnaturaliza. El hombre que desease ser mujer sería un cobarde, y la mujer que quisiera ser hombre, dejaría de ser mujer.» a lo que Nathalie le opone: «entonces, piensas que una mujer, de convertirse en escritora, efectúa un acto de “travestismo” y se “enrola” con los hombres»…y que no tolerarán que les invadan el territorio. Pues de estos temas se ocupa el relato, escrito con delicadeza y belleza, pero con manifiesta fuerza moral.

La segunda parte del libro la ocupan los retazos de las Memorias de Mme. de Genlis, desde su infancia hasta la época en que retorna a Francia con el permiso de Napoleón, tras haberse exiliado durante los más terribles  convulsos años de la revolución. Asistimos a la evolución de esta dama, que, como en el relato precedente, sigue las pautas sociales, toca el arpa para entretener a las visitas, lee en los ratos libres, escribe cuando puede pero procura no destacar con ello, ya que una dama no debe competir con los hombres; se casa, tiene hijos, se desplaza de un sitio a otro en conveniencia con la familia, conoce a personajes importantes de la cultura del momento, como J. J. Rousseau y Voltaire, de los que nos cuenta curiosas anécdotas; se convierte en la institutriz de los hijos de la nobleza más cercana al trono, como los hijos del duque de Orleáns, personaje que es presentado como maquiavélico e intrigante,  ya que le conoce muy cercanamente. Orleáns oscila de una parte a otra del espectro político, hasta desembocar en el jacobinismo, y Mme. de Genlis está a su servicio, como educadora, por lo que sigue, asombrada y a veces, indignada, los pasos de su patrón, hasta el punto de  plantarle cara y abandonarle.
 Me ha parecido más interesante y llamativo todo lo que cuenta del comienzo de la revolución y una serie de anécdotas que indican las posiciones que mantenían muchos personajes del momento. El exilio también es motivo de detalles curiosos, pero, sobre todo, lo que Mme. de Genlis encuentra al regresar a París es altamente significativo. Despliega todo un análisis sociológico sobre las nuevas costumbres, las nuevas designaciones de lugares, los tratamientos, hasta los más insignificantes usos, como es, por poner un ejemplo, el del cubrepiés que las damas se colocaban cuando se tumbaban en la chaise longue, pieza que desaparece tras la revolución, y que permite, a partir de ese momento, que los pies y parte de las piernas de las damas queden a la vista de los que las rodean. El ansia de las clases bajas por ocupar el lugar de las altas, la prisa por enriquecerse, por ser como aquellos a los que han guillotinado, y que les hace saltarse las medidas más simples que guarden las apariencias…todo ello nos es descrito por una dama que no comprende muy bien cómo se ha podido llegar a esto, deplorando esos tiempos y esas gentes, compatriotas suyos, que guillotinan a su esposo, le expropian sus enseres y propiedades más queridos y la expulsan de su país.  Y a pesar de todo, reconoce que admira a Napoleón, y se siente algo culpable, puesto que, en 1814, es claramente un usurpador.
Madame de Genlis, (Issy L’Evêque, 1746 – París, 1830) cuyo nombre completo fue Stéphanie Félicité Du Crest de St-Aubin, condesa de Genlis, fue una escritora francesa, contemporánea de Chateaubriand.  Hija de una familia de la nobleza provinciana borgoñona, al morir su padre se vio reducida con su madre y hermanos a un estado de casi pobreza. Su madre logró introducirla - en los salones de los poderosos de la época, en donde fue muy solicitada como intérprete de arpa– era una gran intérprete musical, dotada de prodigiosa memoria y una cultura enciclopédica. Casada en 1763 con el conde de Genlis, pudo acceder a la Corte de Versalles, entrando al servicio de la Casa de Orleans. Con la Revolución debió exiliarse, siendo guillotinado su marido por oponerse abiertamente a la ejecución del rey. Napoleón Bonaparte autorizó en 1801 su regreso a Francia, viviendo a partir de aquí de los beneficios que le reportaban sus numerosísimas obras, novelas, obras teatrales o tratados sobre temas morales o pedagógicos, hasta su fallecimiento, la tardía de edad de 84 años.
La edición es interesante, pero algo irregular. La maquetación es mejorable, quizás en exceso austera. Y el hecho de hacer una selección tan breve de las memorias, por otro lado interesantísimas, nos deja con la miel en los labios, porque salta de una etapa a otra de la vida de esta notable mujer, y nos quedamos con muchos interrogantes sin contestar. Esperemos que la editorial se decida a hacer una publicación más extensa de estas memorias, que son todo un documento social y literario.




5/2/12

EL PATIO DE MI CASA ES PARTICULAR

EL PATIO DORMIDO
Mª JOSÉ GALVÁN
Ed. Evohé, 2011

Opera prima de la autora, al menos como novela, El patio dormido exhibe por lo pronto, un título extremadamente atractivo, remarcado con una portada que asimismo transmite un fuerte impacto. El título connota muchas cosas, entre ellas el sueño, un lapso de tiempo donde la vida queda en suspenso, o al menos no ocurre nada, sin embargo, hay algo latente que puede despertar en cualquier momento. Por el contrario, la imagen de la portada, de un realismo fotográfico,  nos dice mucho de lo que vamos a encontrar en la lectura: una pensativa mujer de edad indefinida, está asomada a una ventana que da a un amplio patio de comunidad. La tensa expresión del  rostro denota grave preocupación, y la de las manos, apretadas una contra otra,  angustia y soledad. Y abajo, está el Patio. Con esta imagen ya nos han contado la esencia de la novela.
La novela es polifónica, es más: diría que está estructurada como una obra teatral. Hay un decorado general, el patio comunal de cuatro fincas colindantes, y según la escena, cambia a diversos interiores, todos o en su mayoría situados en las diversas viviendas o locales comerciales que rodean el patio. Y hay una alargada proliferación de personajes que desfilan en mayor o menor manera por las páginas del libro, entrando y saliendo de cada escenario según le toque, y que interrelacionan sus entradas y mutis, no solo entre sus propias familias, sino entre vecinos, ante un problema común.
El planteamiento de la narración es doble: un primer acto, breve, dramático, sangrante, como es la muerte de un joven en el patio común –pero de libre acceso desde el exterior―desencadena todo lo que viene a continuación.  Los habitantes de los edificios colindantes acaban siendo sumergidos en una complicada red que les saca de sus asuntos cotidianos, les fuerza a relacionarse con sus vecinos y a tomar una decisión en conjunto, puesto que son acusados como indirectamente responsables de esa muerte inicial. Difícil panorama, que extrae los trapos sucios de cada casa, exponiéndolos a la luz de la mirada ajena, creando una explosiva situación.

La novela despliega, pues, ante el lector, una representación de la vida española,  tomando como botón de muestra el vecindario de cuatro fincas que rodean un patio madrileño en una zona standard de clase media. Construye la autora con todo lujo de detalles una representación que juega con muchas, muchísimas voces, por medio de interminables diálogos, en los que podemos, si leemos entre líneas, reconocer un país― el nuestro― y los enfrentamientos según las posiciones de cada uno, que son  algo de un dramático realismo y de completa actualidad. No sólo la autora radiografía a una clase social, mayoritaria en España, sino también refleja como un espejo a cada personaje mostrando actitudes, decorados, costumbres, vicios y virtudes, muy «nuestras». Es tan real que asusta, porque pone el dedo en la llaga. Cierto que la autora no hubiera necesitado explicitar tanto detalle para que nos hiciésemos una idea del conjunto, pero lo hace, hasta el punto que la narración recuerda esas novelas decimonónicas que, eso sí, con otras expresiones, nos contaban hasta los más ínfimos datos para describirnos a un personaje y una situación. Y además,  lo que nos detalla es no sólo verosímil, es pura realidad. Es una fotografía nítida. Por medio de esos continuos diálogos y confrontaciones entre personajes llega a transmitirnos aburrimiento, ingenuidad, soledad, impotencia, desesperación. Sensaciones que viven los personajes y que vivimos los lectores, pues no tenemos ninguna dificultad en reconocer que la novela es un espejo de lo que estamos habituados a soportar y escuchar hasta la saciedad. Y a la vez, leyendo entre líneas, funciona como una parábola social, una escenificación en pequeña medida, en cartonpiedra, que refleja lo que, a gran escala, se ha convertido una sociedad profundamente dañada como la nuestra. O al menos, esa es la voz que percibimos: hemos caído muy bajo ―parece decirnos la autora―, mirad en lo que nos hemos convertido. Aunque quizás siempre hayamos sido así.

Entre los cambios de escena, subiendo y bajando el telón como si de un teatro se tratase, la voz del narrador omnisciente introduce unas breves pinceladas con un matiz de poesía, o de claroscuro, como recordándonos que, tras la cruda prosa de la realidad siempre hay algo: queda espacio para los sueños, la fantasía, los recuerdos. Las escenas entre los padres del chico muerto, sobre todo las finales, son entrañables. No todos los personajes tienen la misma importancia: conforme avanza la novela vemos que algunos ―Amalia, principalmente― destacan sobre otros, intuimos pasados oscuros, vida interior, preocupaciones, problemas personales, que han de dejarse de lado cuando hay que llevar a cabo una acción común.
Sin embargo,  esa acción común parece que no llega nunca. En la novela apenas pasa nada, y sin embargo muestra todo un universo: múltiples conversaciones, confrontados puntos de vista; a veces, tanto personaje crea cierta confusión: los parientes y amigos, el vecino alquilado y el propietario que no vive allí, los hijos o los sobrinitos que vienen de visita, las muchachas, los abogados de una y otra comunidad, la peluquera y la farmacéutica, todos entrando y  saliendo de escena. De vez en cuando aparecen toques de humor, breves pinceladas que nos hacen sonreír, un humor ingenuo e incluso con un punto de amargura. Reír por no llorar.
Cuatro «colmenas» rodean el Patio, que es en realidad el protagonista profundo, el reñidero, el ruedo alrededor del cual se dirime el hecho social, la vida en común –o su ausencia― y le han de despertar de su sueño. Y el sueño del Patio produce monstruos. La latente vida somnolienta del Patio produce caos, suciedad, oscuridades y presencias peligrosas, violencia e irracionalidad. Monstruos que no son solo externos, sino que surgen de las profundidades del alma humana cuando es enfrentada a una decisión radical.
Bien escrita, en un lenguaje actualísimo, con toques castizos, prolija en diálogos y largas y exhaustivas explicaciones―que nos hacen sentir el malestar que sienten los actores de este teatro de la vida―,  el nudo de la obra se va desarrollando en sketches, como entremeses que nos preparan para el plato fuerte, el drama que se precipita en el desenlace, consecuencia de la inevitable herencia de una culpa originaria de la humanidad. El tempo, que en algunos momentos parece alargarse en exceso, va aumentando el ritmo conforme nos acercamos al fin.
Maria José Galván (Madrid, 1962) es licenciada en Historia del Arte, y autora de Cuento de Otoño, relato que ganó el primer premio del III Concurso de Relato Histórico de Hislibris. La editorial Evohé mantiene la predilección por descubrir  talentos ignorados, lo cual es una tarea encomiable, que el lector debe agradecer.



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