22/4/11

LAS MIRADAS DE JEAN S. CHARDIN


Aprovechando que estos días aún se puede disfrutar de la magnífica exposición de la obra de Chardin en el Museo del Prado, me parece oportuno presentar esta reseña:
CHARDIN, O LA MATERIA AFORTUNADA
André Comte-Sponville /Diderot/Goncourt/Proust
Ed. Nortesur
La edición que tenemos entre manos conjuga un texto principal de Comte-Sponville donde se reflexiona sobre Chardin y la naturaleza del arte, entre otras cosas, y otros tres textos más breves, de Diderot (1713-1784), los hermanos Goncourt (Edmond, 1822-1896 y Jules, 1830-1870)  y Marcel Proust (1871-1922), cuyos textos versan sobre la obra del pintor francés del dieciocho. Asimismo, incluye en sus páginas centrales dieciséis reproducciones a todo color de escogidas pinturas del artista francés, así como un listado clasificatorio de las obras citadas en todo el libro.
Alumno y amigo de Louis Althusser en la Escuela Normal de París, André Comte-Sponville (París, 1952) es filósofo materialista, racionalista y humanista;  tras haber impartido conferencias en la Sorbona, la abandonó en 1998 para dedicarse exclusivamente a la escritura y a otras actividades. Epicuro, Montaigne y Spinoza son sus clásicos tutelares y entre los contemporáneos,  Lévi-Strauss, Marcel Conche y Clément Rosset.
Jean Simeon Chardin nació el último año del siglo XVII, y murió antes de la Revolución Francesa, en 1779. Su biografía es bastante anodina y aburrida: hijo de un ebanista, progresó como pintor hasta ocupar diversos puestos en la Academia, recibiendo algunos encargos y compareciendo en los Salones cada año.  Casado dos veces, la prematura muerte de su primera esposa y su hija ensombrecieron su vida, así como el suicidio de su hijo, que había empezado a preparar como pintor histórico. Su segundo matrimonio con una viuda rica elevó su posición social y le estabilizó económicamente para poder dedicarse a la pintura con completa tranquilidad, ya que en ningún momento pudo vivir de la venta de su obra.

El texto de Comte-Sponville parte de la biografía y el análisis de la obra chardiniana, pero inmediatamente se eleva a cuestiones filosóficas como el concepto de arte como imitación, las teorías platónica y aristotélica del arte, las relaciones entre verdad y realidad, la eternidad como expresión de la obra artística, etc., de lo que nos brinda jugosas digresiones y reflexiones interesantes. Chardin es un pintor reconocido pero poco conocido, según Comte-Sponville. Lo grandioso, lo sublime, lo heroico, las grandes escenas, no están hechas para él. Chardin viene del pueblo y nunca saldrá completamente de allí. Es un pintor de lo cotidiano, un pintor del silencio, en palabras de Pierre Rosemberg –gran experto en su obra-, junto a Vermeer y Corot. Se concentra en naturalezas muertas, magníficas, espléndidos bodegones, y en escenas domésticas de gente sencilla, del pueblo llano. Tiene, finalmente unos pocos pero magníficos retratos y autorretratos, al final de su vida.
Las escenas domésticas son de una delicadeza enorme, son escenas en las que los grupos de personajes se miran entre sí y hablan con sus miradas. No miran al público. O personajes absortos en el vacío, quietos, como si el tiempo se hubiese detenido para ellos. Nos habla su gesto sobrio, limitado, y la expresión de su mirada. Hablan los espacios donde el aire crea una perspectiva y un fondo, con gran sencillez de medios. Y lo que nos cuentan es la vida cotidiana de la gente sencilla, de la pequeña burguesía. El intimismo de su pintura va ligado  a la representación mayoritaria de mujeres y niños. Uno de los rasgos pictóricos que distingue la obra de madurez de Chardin es el uso del blanco, así como el azul celeste (azul chardin) en  breves toques, que el artista aplicaba incluso con sus dedos, como comenta Diderot.
Sin embargo, no es un pintor espectacular. A Chardin, dice Rosenberg, le costaba pintar. Pero es un pintor verdadero, un pintor de lo eterno, según Comte-Sponville, porque la eternidad está – y cita a Wittgenstein- en el presente. La eternidad es un niño que juega con una peonza. ¡Qué bello símil! En realidad, el niño, inmóvil, observa cómo la peonza se mueve.

El texto escogido de Diderot, sobre los Salones parisinos, apenas tiene ocho páginas. Escribe sobre los salones del 65 al 69, analizando las obras de Chardin allí expuestas, y contando algunas anécdotas. “Ante un Chardin nos detenemos instintivamente,-nos dice- como un viajero  fatigado de su travesía que decidiera sentarse a descansar, casi sin darse cuenta, en el lugar que le ofrece un rincón verde, silencioso, con su arroyo, su sombra y su fresco”.
El ensayo de Proust, titulado Chardin y Rembrandt, es un brevísimo e inacabado texto de juventud, en el que apenas habla de Rembrandt y se refiere a la belleza de sus pinturas, a la intimidad que transmite: “todo es amistad aquí, como entre los seres y las cosas que viven con sencillez, desde hace mucho tiempo, juntos; tienen necesidad los unos de los otros, y asimismo disfrutan de los oscuros placeres de encontrase unos con otros.”

Sin embargo, el ensayo de los hermanos Goncourt me parece el más centrado en el artista y a mi juicio, el más acertado en su acercamiento a este pintor. De su mano nos hacen ver cómo Chardin llega a la pintura, y cómo descubre el secreto de la mirada, hacia dónde ha de dirigirla, cómo una serie de hechos casuales le van encauzando vida y arte; nos cuentan una gran cantidad de detalles y anécdotas curiosas y explicativas del progreso de un artista lento, cuidadoso, sencillo y nada ambicioso, que procedía del pueblo y que nunca se separó de él. Chardin pinta temas domésticos, captados con la sencillez de lo verídico, en el descuido de las costumbres de la época y la intimidad de sus hábitos. A diferencia de la pintura atrevida y voluptuosa de los pintores en boga en el momento, Chardin evita las corrupciones del siglo. El ambiente de pureza que rodea a sus personajes, ese aroma honrado que se respira en sus interiores, es el reflejo de la propia vida del pintor y su familia, ajenos a la vida de despilfarro y perversión de la aristocracia y la alta burguesía dieciochesca.
Otro factor que destacan los Goncourt para que entendamos cómo este tipo de pintura tuvo una enorme difusión y publicidad entre un amplio espectro social es el grabado. Así como actualmente la difusión de una obra pictórica usa la fotografía, pero entonces la única vía múltiple para publicitar una obra pictórica era copiarla en grabados. Pues bien, de los cuadros de Chardin se hicieron múltiples grabados que se vendían muy baratos y eran, por tanto asequibles incluso a aquellos de la misma extracción social de la que el pintor procedía y que se reconocían en sus cuadros. Hasta la propia Catalina de Rusia se interesó por su obra. Sin embargo, sus cuadros nunca alcanzaron altos precios, y el pintor no pareció preocuparse por ello.
Subrayan, además, que Chardin pintaba en soledad, no gustaba de compañía mientras trabajaba; era un pintor que iba a tientas, lentamente, su trabajo era el resultado de un penoso esfuerzo y sus obras, un parto con dolor. No se ayudaba con dibujos ni bocetos: pintaba directamente desde el primer momento sobre el lienzo, siempre desde el natural. En sus últimos años abandonó el óleo por el pastel, realizando los mejores retratos de su vida.
Reseñado previamente en :

19/4/11

LA MIRADA DE TATIANA TOLSTOI

TATIANA TOLSTOI: SOBRE MI PADRE
Sur la mort de mon père et les causes lointaines de son évasion (1928)
Ed. Nortesur, 2011 /Trad. Del francés de Julia Escobar

La editorial Nortesur nos presenta una bien cuidada –y muy correctamente traducida- edición de esta obrita biográfica Tatiana Tolstoi, obra que fue escrita en francés, ya viviendo fuera de Rusia, con la distancia que marca el espacio y el tiempo, y como su título original nos informa, su empeño principal es mostrarnos la vida interna de su familia y la posible explicación de cómo se pudo llegar a una situación tan dramática como la generada por la escapada del hogar, con nocturnidad y alevosía, podríamos decir, de un padre alrededor del cual giraba toda una numerosa familia y  un extenso número de colaboradores, sirvientes, seguidores y admiradores del gran escritor ruso.

Como ella misma dice al comienzo de esta breve obra biográfica, no era costumbre de su padre contestar ni polemizar ante bulos y supuestos agravios, maledicencias o críticas, opinión que ella comparte, pero que, tras la muerte de ambos padres, creyó que era ya el momento de aclarar la confusa situación creada por la huida del padre y su posterior fallecimiento, puesto que mucho se había escrito sobre el tema, generalmente culpando a su madre.

Tatiana Lvovna Tolstoi (Yásnaia Poliana, 1864 -Roma,1950) fue la segunda hija de Lev Tolstoi y Sofía Behrs: el primero fue varón, Serguei. Tatiana estudió pintura en Moscú y tras la muerte de su marido se volvió a vivir con sus padres. En 1923 dirigió el Museo Tolstoi de Moscú  hasta 1925 en que emigró a París con su única hija, pasando sus últimos años en Italia.

El texto está salpicado de citas tanto a cartas como a los diarios o a los escritos de su padre como a los diarios de su madre, una selección de ellos publicada recientemente en España, por la editorial Alba. También se incluyen algunas fotografías de Tatiana y de sus padres. Se nos recrea el clima de Yasnaia Poliana, las costumbres de padre y madre, las relaciones con los hijos, las visitas continuas, la insistente intromisión de personas ajenas a la familia, seguidores del padre en su última etapa, y cuyos intereses no siempre eran limpios.

Tatiana evoca muy resumidamente cómo vivían sus padres antes de conocerse: el temperamento turbulento y pasional de Lev y la dócil e ingenua feminidad de Sofía. Cómo se encuentran y enamoran profundamente, a pesar de la diferencia de edad: ella tiene 18 y él 34;  de las enormes diferencias de gustos, costumbres y expectativas ante la vida; y cómo los primeros veinte años de vida en común, mientras el padre produce lo mejor de su obra y la madre produce lo mejor de la suya: su familia, sus ocho hijos, su hogar, y el apoyo totalmente fiel y amoroso a su marido, a su obra literaria.

Todo el texto de Tatiana rezuma comprensión y dulzura para ambos, padre y madre. Con su padre tuvo una relación muy unida, conversaban mucho: su padre pensaba en voz alta mientras paseaban juntos por el campo; ella comprendía muy bien el sufrimiento de este hombre, que tras haber conseguido fama, honores, desarrollando una gran obra, se ve inmerso en un terrible drama interior, originado por sus tempranas posiciones religiosas, que le llevan a la contradicción flagrante de defender posturas sociales por completo opuestas a la vida que como aristócrata, en una sociedad feudal, se veía obligado a asumir.
Con su madre, por otra parte, también tuvo una intensa relación y comprendió perfectamente los motivos de la reacción materna ante los cambios que paulatinamente se fueron produciendo en su padre. Sofía se había volcado en su papel de esposa, amante y secretaria aplicada en ayudar a su esposo con su obra: copia y corrección de textos, vigilancia de las ediciones y los derechos de autor, posición de su esposo en la sociedad y defensa de su obra; madre de una larga prole a la que atender y educar, vestir y alimentar; defensora de un hogar y de unas propiedades de las cuales vivía toda la familia y la servidumbre, además de acoger constantemente amigos y visitantes. Y en ningún momento había seguido la evolución del pensamiento de su esposo hacia ese sociologismo religioso al que derivó.
Además, la muerte del menor de los hijos, Vania destruyó por completo a Sofía: la mantuvo durante años en un estado de estupor, de abatimiento en el que se refugió en la música y la pintura y se desentendió de la actividad de su esposo.
Mientras tanto, la evolución mental de un hombre que dobla en edad a su esposa y cuyo mundo intelectual es personalísimo, poco a poco va distanciándoles y cavando una inmensa zanja entre ambos. No cambia el amor: continúan amándose apasionadamente, dolorosamente, diría yo, pero los sentimientos y los razonamientos siguen caminos distintos: él desvaría hacia un idealismo y un utopismo que le hace volar lejos de la tierra que pisa. Ella, sin embargo, pisa y muy fuertemente esa tierra y no quiere ni comprende el alejamiento de su esposo, defiende con uñas y dientes lo que considera sus derechos y la herencia de su familia, y de ningún modo quiere aceptar las conclusiones a las que Lev, ensimismado en sus diatribas con la religión y la lucha social, va llegando y defendiendo.
 
Los hijos...unos toman partido por el padre, otros por la madre. Unos por la utopía, el idealismo; otros por la realidad, lo racional. Tolstoi pasa años de dudas terribles, lacerantes, que le producen enfermedades físicas; años en los que decide abandonar la casa y la familia pero su sentido del deber y su amor se imponen y continúa en esa cuerda floja en la que hace equilibrios los últimos años de su vida. Se incluye la famosa carta, también reproducida en el libro de Romain Rolland sobre Tolstoi, carta en la que el escritor se dirige a su esposa, en una alocución tremenda, dulce y amorosa a la vez que desgarrada, y que es conocida sólo por una de las hijas y guardada en secreto hasta después de su muerte. En ella Tolstoi, maestro de la palabra, explica clarísimamente su situación y el motivo y justificación de la terrible decisión a la que se ve abocado. Y si su esposa hubiera leído esa carta, hubiera comprendido.
En suma, un texto entrañable, humano, una defensa del amor entre los Tolstoi: amor problemático, trágico y dramático, doliente y gozoso a la vez;  ¿qué verdadero amor no lo es?


 Reseñada previamente en:
http://www.elplacerdelalectura.com/2011/04/sobre-mi-padre-tatiana-lvovna-tostoi.html

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