28/7/10

VIAJES MARAVILLOSOS

Reseña publicada en:
http://www.melibro.com/los-viajes-de-sir-john-mandeville-edicion-y-traduccion-del-ingles-de-ana-pinto-editorial-catedra-2005-col-letras-universales


Los viajes de Mandeville es un clásico: el libro de viajes más leído entre los siglos XIV y XVI en Europa. Más que el de Marco Polo. Sin embargo, ni Mandeville existió ni el autor de la obra viajó, o al menos no lo hizo a todos los lugares de los que nos habla. Desde el siglo XIX se llegó a la conclusión, basándose en diversas investigaciones y estudios sobre los manuscritos y otras referencias históricas, de que el tal Mandeville no existió, sino que el libro fue escrito por otra persona, cuya identidad desconocemos, y que inventó al personaje para hacerle protagonista de unos viajes que tampoco realizó. Es decir, el autor del libro fue un literato: inventó su historia, basándose en toda una panoplia de textos ajenos y leyendas bíblicas y clásicas.

El libro fue escrito originariamente en francés a mediados del s. XIV y posteriormente traducido al inglés. La versión del manuscrito Cotton, que está en la Biblioteca  Británica, es la más antigua, y en la que está basada esta edición. Entre otros famosos lectores de Mandeville, figuran personajes de la talla de Leonardo da Vinci, y Cristóbal Colón, que además se dejó influenciar por las mediciones del diámetro de la Tierra, y obviamente por la idea de su redondez y la posibilidad de circunnavegarla.

El prólogo crea una cierta confusión: al parecer el autor, al regresar de sus viajes a Lieja, recibió la sugerencia de su médico, Juan el Barbudo, de publicar sus aventuras. Por otra parte, en Lieja había un notario y cronista llamado Jean D’Outremeuse, que explica en su obra Le myreur des histors que un tal Juan de Borgoña o Juan el Barbudo era el autor de Los viajes de Mandeville, nombre que ocultaba al tal Barbudo. El caso es que no podemos saberlo con certeza. Su autor, como nos dice en la introducción Ana Pinto, no fue un viajero auténtico, como lo fueron Marco Polo o Ibn Batutta, sino un divulgador literario que crea un personaje de ficción, Mandeville, un personaje que presenta como suyos materiales de relatos de viajeros auténticos en una narración en primera persona. (...)Es un transmisor de un  conocimiento que es un tesoro de la Antigüedad y fuente de autoridad, y, en segundo lugar, combina descomponiendo y recomponiendo obras del pasado.(...) El narrador se muestra como una persona no dogmática y con gran sentido del humor,, y además, tolerante y comprensivo con otras creencias religiosas no cristianas o costumbres diferentes a las europeas.
 
 
La obra se divide en dos partes: en la primera se nos narra el viaje a Tierra Santa, realizado supuestamente en 1322 por sir John Mandeville, y las diferentes maneras de ir, los itinerarios, los puertos, las ciudades y países que se atraviesan, y luego una vez allí da todo tipo de datos, medidas, distancias de los Santos Lugares y lo que allí podemos hallar. Realmente parece que lo haya visitado con una vara de medir y un cuaderno en la mano para anotar hasta el más mínimo detalle.
La segunda parte trata del un viaje por Oriente: Arabia, Persia, La India, Indochina, China, Tíbet, ...y en este caso cuenta cosas variopintas, leyendas, recorridos, distancias, pero sobre todo las costumbres, ropajes, zoología y botánica de los múltiples países que supuestamente recorre. Sin embargo, en muchos casos insiste en que tal cosa o tal otra no la vio con sus propios ojos pero se la contaron otros que la vieron; un poco como Heródoto cuando relata sus viajes. De hecho, cita detalles que el propio Heródoto citó, como es el caso de de las hormigas gigantes que guardan las montañas de oro en Taprobana, (historia contada también por Marco Polo, con variantes).

Probablemente este autor utilizó una gran variedad de textos para ilustrar su narración. Pero siempre cuenta las cosas como algo externo a él. Nunca habla de cómo se desplaza ni lo que le ocurre personalmente, sino cómo se llega a tal y tal ciudad y qué costumbres se pueden observar allí. Aunque también desarrolla razonamientos y reflexiones sobre las cosas que cuenta.  Y además avanza teorías como la redondez de la Tierra, observación de las estrellas australes, incluso se atreve a hacer mediciones y lanzar cifras. Mediciones que posteriormente Colón barajó y tuvo muy en cuenta.

En cuanto a curiosidades, el viajero imaginario comenta las distintas variantes cristianas del oriente próximo: sirios, georgianos, nestorianos, arrianos...y los seguidores del Preste Juan. Al reino del famosísimo y legendario Preste Juan le dedica muchas páginas. Seguimos sin saber exactamente dónde localizarlo, porque unos lo sitúan en África y otros en la India. Él lo cree en la India, pero también vemos que sus descripciones de lo que llama la India son bastante amplias y muy indefinidas. Nos hace de la religión musulmana algunos sabrosos comentarios, nos cuenta anécdotas, entre ellas la de la ebriedad de mahoma y cómo después prohibió el consumo de vino.
El enigmático autor de Mandeville habla de la costumbre de venerar las vacas en la India, de la cremación de los muertos y sus esposas, del cultivo del algodón, de los elefantes, de las jirafas, pero a la vez nos habla de hombres con cabeza de perro o con una sola pierna, pero enorme, gigantes, seres monstruosos y serpientes increíbles.
Nos cuenta, igualmente, de la costumbre de las mujeres chinas de vendarse los pies para tenerlos muy pequeños, de los palacios del Gran Khan en Cathay, y sus magníficos jardines, sus múltiples esposas y sus maravillosos ropajes y tocados....Me resulta imposible abarcar ni siquiera como resumen, todo lo destacable del contenido.

Libro, en fin, literaria e históricamente interesantísimo, más por las posibles relaciones con otros textos de la época (los viajes de Ibn Batutta, por ejemplo) que por la realidad o justeza de sus datos, y sobre todo, por la calidad de sus leyendas y de sus reflexiones. Todo ello nos lleva a comprender la inmensa fama y su aceptación a lo largo de los siglos, como un magnífico exponente literario.
Ediciones Cátedra  nos presenta una cuidada traducción y edición, a cargo de Ana Pinto, ilustrada con grabados y pinturas, así como mapas de la época, manuscritos y dibujos varios. El resultado es francamente recomendable.

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