18/6/10

ARTE Y VIDA













Félix de Azúa, (Barcelona, 1944) escritor barcelonés en lengua castellana, estudió en varias ciudades españolas y se doctoró en Filosofía; entre sus publicaciones hay novela, ensayo, y poesía. Muy interesado por el tema de la estética, el arte y todo el mundo que le sirve de contexto, publicó un muy sugerente Diccionario de las Artes en 1995. En 1987 recibió el premio Anagrama de novela.

No estoy muy segura de que Azúa haya tenido suerte al elegir los títulos de algunas de sus obras. En general, suelen parecer estudiados para despistar al lector, que, si no es un habitual, indefectiblemente cae en la trampa. Este que reseñamos hoy es uno de ellos. Podría haberse llamado Biografía del Arte o Biografía del Impulso Estético o qué sé yo. O simplemente Vidas sin Biografía, el Arte o la Vida: el mundo al revés. Lo que es cierto es que el libro no nos cuenta su vida, desde luego. Pero sí nos habla de arte. O más bien, de la evolución del impulso artístico y literario; sus resultados a través de los siglos, pero con una mirada muy personal, muy subjetiva: absolutamente subjetiva, diría más bien. Porque el arte y la literatura siempre han estado ligados a su vida. Quizás ése sea el nexo que une sus reflexiones con sus propias vivencias.

Es un ensayo breve pero muy enjundioso, en general como su prosa ensayística, muy poético, pero a la vez con una fuerte carga de ironía, que se regodea en la manera de exponer sus ideas. Azúa se maneja muy bien con la ironía, a veces tremendamente agresiva, demoledora. Pero la verdad es que comparto muchas de esas corrosivas exposiciones sobre la manera de expresarse por medio del arte: con la imagen o con las palabras. La primera parte del ensayo trata de mostrarnos su reflexión sobre lo que llamamos arte, artes plásticas. Y la segunda nos hace compartir sus reflexiones sobre la literatura, la palabra hablada –el comienzo de todo- y la palabra escrita, la novela y la poesía.

Azúa va saltando de la prehistoria a Grecia, al medioevo, al Renacimiento, a la Holanda rembrandtiana, al París revolucionario y Marat asesinado, la moda del primitivismo picassiano y la vuelta del revés de los espirituales cuadros de de Kandinsky.... y brincando llega a la Documenta 5 de Kassel del 72 donde el caos se institucionaliza. Rothko muere en un charco de sangre como su famoso Rojo Lithol que se autodestruye, como los casettes de Misión Imposible. Cronos devora a sus hijos, y no deberíamos extrañarnos de ello. El arte se ha devorado a sí mismo desde que los adosados necesitaron cubrir las paredes con cuadros. El arte conceptual se disfrazó de Wittgenstein para enterrar al Arte –nos dice- Así se abrieron las artes de estos últimos treinta años a la trivialidad, las repeticiones, plagios, revisitaciones, manierismos, revivals, remakes, pies de página de aquello que habíamos vivido en Kassel.(pág. 127) En cuanto a la literatura, nos dice Azúa: es una abstracción que trata de controlar y dominar el miedo que producen las palabras vivientes, las que nunca serán nuestras, eso que no es el lenguaje, tal y como se lo describe de Saussure en adelante. (...) Durante el momento poético no decimos palabras sino que las palabras nos dicen.(pág.143).

El arte exterioriza nuestros demonios, nos viene a decir Azúa. Desde los bisontes y caballos prehistóricos dibujados con carbón por un antepasado nuestro, hasta las matanzas en el Madrid de 1808 grabadas por un horrorizado Goya. Su participación personal en la emoción estética es lo más autobiográfico de este texto, algunos flashes impresionistas con los que ilustra lo que trata de exponer en su bien hilvanada biografía-del-arte.

15/6/10

EL MAR, EL MAR...













OLAS
Reseña publicada en:
http://www.elplacerdelalectura.com/2010/06/olas-eduard-von-keyserling.html

Eduard Graf von Keyserling (Castillo de Paddern, hoy Letonia, 1855- Munich, 1918), escritor alemán, descendiente de una antigua y noble familia germano-báltica y primo del filósofo Hermann Keyserling. Aunque inicia sus estudios en Dorpat, pero se ve obligado a abandonarlos por un incidente social. Marcha, con 23 años a Viena a estudiar filosofía e historia del arte. A finales de siglo se traslada con sus hermanas a Munich, donde se hizo un asiduo de las tertulias literarias. Desde allí hizo un largo viaje por Italia. Posteriormente quedó ciego como consecuencia de la sífilis que padecía, teniendo que dictar sus obras a sus hermanas. Entre las novelas que dictó, se encuentra Olas, de la que hoy nos ocupamos.

Considerado como un exponente el impresionismo literario, este autor despliega un abanico de imágenes, luces y colores, emociones y sugerencias que nos afectan como una pintura o una dulce música.

Publicada en 1911, Olas es una novela corta, que nos trae ecos diversos: Keyserling es un autor cuyas obras siempre nos remiten a pinturas, a imágenes, incluso a olores. Y en este caso, me remiten a algunas pinturas del pintor noruego Edvard Munch, algunas escenas frente al mar donde hay unas figuras rígidas, frías, como impresionadas por un violento amanecer o atardecer marino. Y por supuesto, al olor salobre del mar, a humedad y a viento.

La novela se desarrolla a lo largo de un verano en la costa báltica, en una pequeña población donde una aristocrática familia, la generala von Palikow organiza su veraneo y el de su numerosa familia y sirvientes: su hija la baronesa von Buttlär, con sus tres hijos, su marido, y el prometido de una de sus nietas. Pero al llegar se encuentran que no son los únicos veraneantes: hay un solitario y viejo deforme, el consejero Knospelius, y una pareja conflictiva, de dudosa moralidad, compuesta por una dama y un pintor. La dama, la bellísima Doralice, proviene de la aristocracia, ha sido esposa de un viejo conde al que ha abandonado para casarse con un artista, el pintor Hans Grill. Pasan el verano, enamorados, en una pequeña casita junto a las casas de los pescadores.

Los paseos por la playa de la pareja son vistos por la decente familia con prevención, ya que su contacto les parece contaminante.

Keyserling nos presenta a todos los personajes muy sutilmente, como deslizándose por una pista de patinaje: con pocas pinceladas nos imaginamos la situación, el viejo solitario ansioso de compañía, la pareja feliz que vive al margen del mundo, y la puritana y noble familia que no desea contaminarse pero que no tiene más remedio que tratar con los otros miembros de la pequeñísima comunidad veraneante, en aras de la corrección y buenos modales. Se demora mucho más en la pareja de Doralice y Hans. Su relación, siempre marcada por su origen: el abandono, flota sobre todos sus movimientos como una red que los mantiene atrapados. La relación con el mar es constante en todos: el mar les atrae profundamente: parece calmar a unos, seducir a otros, es el punto de encuentro de todos. Aquí,-nos dice el autor- desde tiempos inmemoriales, la palabra la tuvo siempre el mar; para qué entrometerse inútilmente en su discurso.

A los jóvenes, les atrae poderosamente, y a la vez, como si de una sirena se tratara, les seduce la inmersión y la muerte. Es un tema recurrente en Keyserling, el de la muerte –por suicidio o por otra causa- y el del ahogamiento, el síndrome Ofelia. La escena en la que el viejo consejero lleva a Doralice paseando hasta el cementerio junto al mar es enormemente simbólica: es un cementerio-le dice Knospelius a la bella- al que cada noche de tormenta le cortan un trozo, como a un pastel, y entonces todos esos muertos echan una mirada al exterior desde la arena y dejan que la brisa marina acaricie sus huesos. (...) Permanecen aquí como en un embarcadero, esperando el barco que ha de pasar a recogerlos.

Y también es recurrente el mostrarnos a la aristocracia como seres inútiles, aburridos, siempre manteniendo un rígido protocolo, la vida programada según unas normas asfixiantes, que cuando son trasgredidas por alguien se desmantela todo el escenario tan trabajosamente construido. La maravillosa escena de la fiesta campestre, descrita por Keyserling con gran maestría, un eco de la excursión al ruiseñor, en su otra novela Princesas, es como un travelling cinematográfico, como el famoso travelling del baile en El Gatopardo, la inmensa película de Visconti.

La belleza de Doralice seduce a todos, hombres y mujeres. Ella es como un monolito, una estatua de Venus, que a todos perturba y atrae. Una estatua fría como el mármol que levanta pasiones. Y alrededor suyo desfilan el barón, el consejero jorobado, el teniente Hilmar, la adolescente Lolo, sus dos hermanos menores, todos espiando, siguiendo los movimientos de la bella, y Hans, su marido, no ve otra salida que el mar, siempre el mar, para no enfrentarse a la realidad de la tierra. Pinta el mar ansiosa, obsesivamente; pinta todos sus colores, pero no consigue lo que busca: bajo la transparencia y el verdor del mar- nos dice por boca de Hans- también se esconde algo que vive y se mueve, y esto es precisamente el mar. Y sale con los pescadores, a echar sus redes al mar, noche tras noche, mientras ella le espera angustiada. Pero en tierra hay otras redes: todos quieren atraparla a ella, la belleza distante y ausente. Y como siempre, el mar tiene la última palabra.

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