4/4/10

COSIENDO RECUERDOS

Acabo de terminar la lectura de un libro que me ha causado honda impresión. No sólo por la novela en sí, de muy buena factura, y cuya reseña publicaré en su momento. La obra me ha calado porque, por diversos motivos, ha tocado varios hilos de mi memoria. Se titula El tiempo entre costuras, y la escribe María Dueñas. Esta autora, nacida una década después de mi nacimiento, no ha podido vivir directamente aquellas cosas que cuenta, aunque sus padres probablemente sí. En mi caso tampoco he podido vivirlo, pero en mis años infantiles, sí pude respirar una parte del ambiente que se relata en la novela. Y la otra parte la escuché una y otra vez de labios de mis padres y abuelos. Y la lectura me ha evocado esas imágenes de mi niñez, de oscuridades, silencios, miradas, años de potajes y de torrijas. Años de aprovecharlo todo, de ahorrar, de estirar faldas y mangas para que sirva la ropa del año anterior, cambiar cuellos para seguir usando la misma camisa, zurcir calcetines y coger puntos en las medias.
Así han aflorado a mi memoria las jornadas costureras de mi madre y abuela, grandes amateurs, que se reunían con mis tías a coser en días fijos, dirigidas por una costurera profesional, la típica viuda enlutada con gafas de cerca, y peineta en el blanco pelo recogido en un moño en la nuca. Angelita, se llamaba. Y ese día mi familia desplegaba retales, hilos, patrones, tijeras y jaboncillo y se lo pasaban en grande repasando la ropa familiar y dándoles un “repaso” a otras que no eran ropas precisamente. Yo merodeaba por allí, a saltitos, y escuchaba chismes hasta que me hacían salir si alguno pasaba de castaño oscuro.


Marruecos ha sido otro de los recuerdos resurgidos con el libro .Concretamente, Tánger y Tetuán. Visité ambas ciudades en 1980 y viví allí no como turista sino como residente, ya que me hospedaron amigos marroquíes en su casa, pude compartir con ellos comidas, charlas, paseos, excursiones, y ver cómo vivían por dentro y por fuera, ayudando a cocinar el tajine y probándome el kaftán y el khol en la alcoba. El sonido de la llamada a la oración al alba, escuchado desde mi cama, apenas despuntando el día. El fuerte olor a especias, al té de menta, las torvas miradas de los hombres enchilabados bajo sus capuchas, las mujeres tapadas recorriendo la medina por sus callejas laberínticas, la visión de la costa española desde el otro lado del Estrecho, mientras el viento de Levante soplaba fuerte y vigoroso. Todo ello me lo ha avivado la novela.
Lisboa es otro recuerdo más: visité por primera vez esta preciosa y a la vez melancólica ciudad en 1975, apenas triunfante la revolución de los claveles, con la alegría en las calles y las paredes inundadas de carteles políticos, esperanzados y novedosos. Se respiraba libertad –veníamos de la España franquista- nada más bajar del Lusitania Express, tras toda una noche de traqueteo, en la Estación de Santa Apolonia. En la gran avenida Da Liberdade, en la Praça Rossio, el ambiente era de festejo y alegría, aunque en los barrios se percibiera ese sabor de saudade. Desde el Castelo se podía ver toda la ciudad en su movimiento, recibiendo el viento del Atlántico y mirando al gran estuario del Tajo desde la Praça do Comerço. Volví en otras ocasiones, y siempre me resultó agradable, con un punto de tristeza, pero amable y bonita.
Y finalmente, Madrid. El Madrid que yo recuerdo y muy cercanamente, no es el de la novela, por supuesto; pero sí lo son algunos establecimientos que cita, como el restaurante Embassy, donde disfruté de la compañía de amigos y buena mesa. Otros, como el Palace y el Ritz, donde también degusté un delicioso servicio de té en buena compañía. Y calles cercanas a mis varias residencias madrileñas: Núñez de Balboa, Zurbano, Almagro, Hermosilla...Incluso alguien muy particular que conocí en mis años madrileños podría haber sido perfectamente uno de los personajes femeninos del libro.
Por todo ello probablemente mi lectura no ha sido objetiva, me he sumergido en la historia por completo porque me reconocía dentro de ella, reconocía ambientes y personajes, y he pasado unos momentos inmersa en un pasado que, para bien o para mal, forma parte de mi memoria. Y desde aquí agradezco a la autora haberme proporcionado tal placer.

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