22/8/16

JACKIE BROWN

CÓCTEL EXPLOSIVO
RUM PUNCH (1992)
ELMORE LEONARD
Círculo de Lectores, 1998


Este thriller inspiró a Tarantino para dirigir su película  Jackie Brown, (1997) cambiando el apellido y color de piel a la protagonista femenina de la historia, cuyo nombre tomó prestado de uno de los personajes secundarios de Los amigos de Eddie Coyle, de George V. Higgins, autor venerado por Tarantino.
El protagonista masculino es Max Cherry, un maduro agente de fianzas, ex policía, con problemas matrimoniales (todo esto cumple con los elementos más clásicos del género), que se ve obligado a admitir en su oficina a un recién salido de la cárcel, Louis Gara, por presiones de un grupo mafioso. Gara, que es blanco, tiene un amigo negro, Ordell Robbie, que desarrolla un peligroso tráfico de armas, en el que quiere implicarle. Robbie contacta con Cherry para que pague la fianza de uno de sus “empleados”,  Beaumont, que luego desaparecerá.
El dinero que consigue Ordell de la venta de armas va a un paraíso fiscal en las Bahamas, y de allí es “rescatado” en pequeñas partidas por Jackie Burke, una madurita azafata, de muy buen ver, que saca un sobresueldo con ello. Pero de algún modo, dos agentes, que van tras la pista de Ordell y hasta el momento no han conseguido pillarle en nada serio, detienen a Jackie en uno de sus “transportes”.

A partir de ahí se desarrolla toda una campaña de acoso y persecución de Ordell, mediante una fuerte presión ejercida sobre Jackie, que se verá entre dos frentes, sin saber muy bien qué opción tomar y qué pasos dar para salir airosa. Entran en juego también la colección de amantes de Ordell: Sheronda, Melanie, Simone…cada una en un papel distinto, a veces no previsto por el gallo del corral.
Se crea una complicada trama en la que Louis se verá implicado por su amistad con Ordell, pero que salpicará también a Max Cherry, que es contratado para pagar la fianza de Jackie y este contacto le impacta personalmente.  Jackie, sin embargo, es una mujer dura, baqueteada por la vida, que sabe defenderse y no se amilana ante el acoso policial ni ante las presiones del propio Ordell. Tampoco sabemos qué piensa de Max. La atracción entre los dos se produce lentamente, pero las circunstancias la hacen conflictiva y peligrosa.
Jackie es la que, de facto, acaba por llevar las riendas y organizar los movimientos, orquestando un fin de fiesta que la beneficie. Pero hasta el último momento no sabremos si todo va a acabar como Max desearía. 
En suma, un buen thriller, con interesantes diálogos, la acción es continua y el lector debe estar muy atento para no perderse en la complicada madeja, sobre todo cuando las protagonistas femeninas empiezan a intercambiar bolsas de ropa. La versión cinematográfica sigue bastante de cerca la novela, con algunos cambios.

Elmore John Leonard, Jr. (Nueva Orleans, 11 de octubre de 1925 - Detroit, 20 de agosto de 2013)1 2 fue un escritor y guionista estadounidense.
Sus primeras novelas, publicadas en los años cincuenta, fueron novelas del oeste, pero después se especializó en novela policiaca y desde entonces ha escrito numerosos libros, muchos de los cuales han sido adaptados al cine convirtiéndose en exitosas películas de cineastas tan dispares como John Sturges, Quentin Tarantino o Steven Soderbergh, entre muchos otros. En algunos casos el proceso ha sido a la inversa, escribiendo novelas a partir de guiones originales o tratamientos para guiones cinematográficos.


Fuensanta Niñirola


16/8/16

GRANDES VIAJERAS

VIAJERAS INTRÉPIDAS Y AVENTURERAS
CRISTINA MORATÓ
Prologo de Manu Leguineche
Plaza& Janés, 2007


La periodista y reportera Cristina Morató, (Barcelona, 1961), viajera profesional, traza en esta obra un extenso friso donde una serie de mujeres -desde la antigüedad hasta nuestros días, aunque centrándose en las decimonónicas- son protagonistas de hazañas viajeras, de investigación científica o antropológica e incluso de espionaje político en tierras hostiles. Inicia la autora con este conjunto biográfico divulgativo una variada producción de publicaciones sobre viajeras insignes, injustamente olvidadas o ninguneadas por los historiadores o los escritores de viajes, publicaciones que ya están hace años en librerías.
África, Oriente Medio, Asia, son los principales escenarios donde desarrollan sus viajes estas damas del pasado. La autora ha viajado, a su vez, a muchos de los lugares de los que hablará en este libro. Y compara unas situaciones y otras, comprendiendo en más de una ocasión lo que pudieron haber sufrido o sentido estas mujeres que viajaron con las condiciones mucho más adversas y cuyas experiencias no siempre fueron reconocidas. Introduce el texto explicando lo que le ha llevado a bucear en busca de estas viajeras a través de los siglos. Fue a partir de sus primeros reportajes periodísticos como le surgió la idea de encontrar mujeres que hubieran viajado en tiempos pasados. Descubrió que “la lista era más larga de lo que se había imaginado” y que en el pasado, incluso en el pasado reciente, una mujer que viajara (y si lo hacía sola, peor) era una “extraña criatura”. Y sintió que les debía un reconocimiento, un rescate del olvido en el que estaban sumidas.

Cuando algunas mujeres habían cubierto su ciclo de matrimonio, hijos y vida familiar y se quedaban solas, o llegaban a esta soledad en su madurez sin haber probado las delicias de la familia, tenían dos opciones: el convento o la prostitución. Sin embargo, excepcionalmente algunas de ellas supieron esquivar estas dos vías, recurriendo a una tercera: el viaje. Viaje que muchas veces era sólo de ida, sin retorno; en otras ocasiones de ida y vuelta, a veces con reconocimiento final y a veces con un triste fin. Generalmente se trataba de mujeres cultas, con inquietudes y deseos de ampliar horizontes, que en el viaje encontraban abierta una puerta a un mundo nuevo, distinto, a veces amenazador y problemático, pleno de dificultades para ellas, pero que afrontaban con valentía y con imaginación. Muchas de estas viajeras relataron sus viajes en diarios, memorias o incluso libros científicos. O personas cercanas a ellas contaron sus aventuras. Generalmente, la reacción mayoritaria fue de rechazo, burla y desprecio, considerándolas “marimachos y ridículas”.

A veces estas mujeres no iban solas, sino acompañando a sus maridos, como Lady Mary Montagu, esposa del embajador británico en el Imperio Turco, o Isabel Arundell, esposa del explorador y luego diplomático Richard Burton, o Fanny Vandergrift, esposa del escritor y viajero R.L. Stevenson, o también la esposa del doctor Livingstone, cuya presencia supuso un apoyo y ayuda a su labor en África. Otras viajaban con su madre, como la holandesa Alexine Tinne, aunque, eso sí, con doscientos porteadores. Muchas estaban solteras, civiles, eclesiásticas o incluso casadas, y elegían viajar solas. En esta obra, obviamente, no sólo se habla de viajeras, sino también de viajeros que tuvieron alguna relación con ellas o fueron pioneros que abrieron nuevas rutas.

En los diversos capítulos Morató hace un recorrido histórico: desde la abadesa gallega Egeria (siglo IV), que, tras peregrinar a los Santos Lugares y más allá, escribió el primer libro hispánico de viajes; pasando por Isabel Barreto, (s. XVI) esposa del adelantado Alvaro de Mendaña, primera navegante española que consiguió el título de almirante. Las peregrinas sin nombre del Camino de Santiago o de Tierra Santa, o las reinas que hubieron de acaudillar guerras o regencias en tiempos convulsos, y como Leonor de Aquitania, se unieron a los cruzados. Mujeres soldado ha habido unas cuantas, como Catalina de Erauso, nuestra “monja alférez” o la famosa Juana de Arco. A pesar de este repaso previo, el interés del libro se centra en las viajeras decimonónicas, con alguna pionera del dieciocho, como Lady Montagu.
Dedica un capítulo a las viajeras religiosas, como las misioneras en el Tíbet y China, entre las que destacan Mildred Cable, Evangeline y Francesca French y Annie Taylor; varios capítulos a las viajeras solteras o viajando solas, que sin ser investigadoras ni escribir libros, tuvieron relación con personajes importantes y unas vidas muy viajeras: es el caso de Anita Delgado, Lola Montes, Anna Leonowens; dedica una breve sección a las mujeres piratas, Anne Bomney y Mary Read; también a las viajeras victorianas por África, como Ida Pfeiffero Freya Stark; otro a las de Asia, como Alexandra David-Néel; otro a las esposas a la sombra de viajeros insignes; otro a las exploradoras e investigadoras como Mary Kingsley, de vida breve pero intensa, y la longeva Isabella Bird (s. XIX), que viajó por casi tod, China... Australia, las Rocosas de Amo-wenselacirenchsis, simplemente quiere rescatar a todas estas mujeres del ó por todo el mundo: Australia, el lejano oeste americano, Persia, India, China…Finalmente se ocupa de las viajeras del siglo XX, como Osa Johnson que, junto a su marido viajaron por Oriente y Africa filmando documentales antropológicos, así como Jane Goodall, Dian Fossey y B. Galdikas, estudiosas de gorilas, chimpancés y orangutanes; y la aventurera Amelia Earhart, aviadora pionera en viajes trasatlánticos, desaparecida en el Pacífico en 1937.

Siempre intercalando anécdotas de sus propios viajes como reportera, con comentarios interrelacionando o comparando las actitudes de unas viajeras con otras. Por ejemplo, había quienes viajaban por todo lo alto, portando kilométricos equipajes, vajilla de porcelana y cristal, bañera, cama y sábanas…o las que iban adaptándose a lo que encontraban. También estaban las que, como la arqueóloga Gertrude Bell, vestían como si siguieran en Europa, paseando por el desierto o la selva africana con corsé, botines, enaguas, faldas, y sombreros floreados,…o las que se disfrazaban de hombre o de mujer árabe como Isabelle Eberhardt, Lady Anne Blunt (nieta de Byron) o Hester Stanhope para llevar ropajes sueltos o pantalones anchos, sin el odiado corsé. Las que seguían consumiendo en lo posible la comida europea y las que se zampaban lo que les ofrecían los nativos del lugar.
Algunas vieron reconocido su trabajo de documentación, como Gertrude Bell, que aleccionó a T.E. Lawrence sobre Arabia, y ayudó a confeccionar el mapa de Oriente Medio a Winston Churchill. Famosa es la foto en la que los tres posan, sobre sus correspondientes dromedarios ante una de las pirámides de Egipto.
Otras, por el contrario, fueron menos afortunadas y murieron en la indigencia o víctima de enfermedades tropicales como Mary Livingstone, o Mary Kingsley.

CRISTINA MORATÓ
Todo ello compone un libro amenísimo, muy variado, escrito a modo de reportaje,  al que quizás lo único que se le podría achacar es la sobreabundancia de personajes que son tratados solo con breves trazos,  y también un cierto desorden repetitivo en cuanto al relato de cada vida. La propia autora insiste en que no es un ensayo, no avanza ninguna tesis, simplemente quiere rescatar a todas estas mujeres del olvido. Se impone, pues, una lectura pausada, más con objeto de consulta y descubrimiento de personajes sobre los que leer más abundantemente en lecturas posteriores.


Fuensanta Niñirola
Agosto 2016









6/8/16

EPISTOLARIO TURCO

CARTAS DESDE ESTAMBUL 
LADY MARY WORTLEY MONTAGU

Casiopea. Barcelona, 1998. 247 págs.

Las cartas que componen esta edición están escritas entre 1716-1718, el siglo XVIII acaba de cubrir su primera década y la ilustración está en fase de expansión. Es ésta una crónica epistolar ilustrada, con la peculiaridad de que quien la escribe no es Madame de Sevigné desde su boudoir, sino una dama británica desde diversos escenarios; soleados unos, nevados otros, todos muy alejados de su lluviosa y húmeda patria. En 1763, un año después del fallecimiento de la dama, aparecía la primera edición de las Embassy Letters.
Por lo general, la información que proporcionan las cartas privadas, suele ser cercana, más íntima. Escritas solo para los ojos del destinatario, abundan en unos temas o se se explayan en otros, más caros al lector/a de la misiva. Principalmente las cartas de Lady Mary van dirigidas a damas, pero también hay algunos destinatarios masculinos, a los cuales informa de detalles distintos a los desarrollados en las cartas a féminas. Entre los destinatarios femeninos de sus cartas se contaban su hermana (Lady Mar), sus amigas Jane Smith, Sara Chiswell, Lady Bristol, Anne Thistlethwayte, Lady Rich, Frances Hewet, la princesa de Gales, y entre los destinatarios masculinos, el poeta Alexander Pope y el abad Conti. Y hay, curiosamente, unas breves misivas a su esposo, que nos muestran con pocas pero muy evidentes páginas, cómo era la relación entre ambos.
Lady Mary es una avanzadilla de la Ilustración hacia Oriente. Mientras sus aristocráticas congéneres se empolvaban las pelucas, aspiraban rapé y se desplazaban con rumor de fru-frú por los salones, Lady Mary soñaba con otros mundos. Sueños que pudo hacer realidad cuando su marido, sir Edward Wortley Montagu, fue enviado como embajador a Estambul. Quizás otro tipo de dama se hubiera quedado esperando en Londres, cuidando a su hijito y tomando el té con sus amistades. Pero Lady Mary, no.

Nacida en 1689, en el lujoso Covent Garden londinense, Mary Pierrepoint era hija del conde de Kingston. Lord Kingston no se ocupaba apenas de sus vástagos, pero disponía de una excelente biblioteca, a la que la prodigiosa Mary pudo acceder, y por su cuenta y riesgo aprendió latín, francés y conoció la obra de autores como Ovidio o Molière. En edad casadera, no llegó a un acuerdo con su padre en la elección de marido. En 1712, harta de discutir con su padre, saltó por la ventana y se fugó con sir Edward Wortley, once años mayor que ella, de buena planta, rancio abolengo pero pocos fondos y prometedora carrera política. 
Pero en el pecado va la penitencia, porque en breve Mary comprendió que su elección había sido equivocada. Al año de casados nacía su hijo Edward, y más tarde, en Estambul, tendría una hija. Una vez cumplidas sus obligaciones matrimoniales, sir Edward se dedicó en cuerpo y alma a su carrera política y se desentendió por completo de su esposa e hijos…lo cual era, por otra parte, lo habitual.
Sin embargo, la vida le cambiará por completo cuando en 1716 su esposo es designado para representar a Inglaterra ante la corte de la Sublime Puerta. Parten en agosto desde Inglaterra, pero en vez de por mar, eligen el camino terrestre, atravesando Países Bajos, Alemania y Austria, lo cual les ocupó casi un año, puesto que hasta primeros de junio de 1717 no se establecen en Pera (Estambul), donde estaban las legaciones internacionales. Antes habían vivido una temporada en Adrianópolis, donde estaba la corte del sultán. En Turquía permanecerán hasta un año después, en 1718, que su marido recibe la orden de regresar, y esta vez lo harán por el Mediterráneo.
Pues bien, aficionada a la escritura y hábil observadora, Lady Mary escribe a sus allegados pormenorizadas cartas en las que cuenta todo lo que le llama la atención de los países que visitan: paisajes, edificaciones, costumbres, aspecto de los habitantes, modos y modas, clima, comidas y anécdotas diversas, que surgen en un viaje de tamañas proporciones.
La contraposición de lo que los ingleses llaman “el Continente” y su húmedo y oscuro país es percibida inmediatamente por nuestra dama redactora. Pero aún dentro del Continente, distingue muy bien entre los Países Bajos, las ciudades alemanas libres, y las ciudades alemanas que viven bajo un príncipe. Un botón de muestra:
“He visto cuanto de extraordinario había que ver en Colonia, Frankfurt, Würzburg y este lugar, y resulta imposible dejar de notar la diferencia entre las ciudades libres y aquellas bajo el gobierno de príncipes absolutistas, como son todos los pequeños soberanos de Alemania. En las primeras, se observa un aire de abundancia y comercio. Las calles están bien hechas y llenas de gente, ataviadas con sencillez y pulcritud, las tiendas rebosa de mercancías y el pueblo llano es limpio y alegre. En las segundas, se observan galas raídas, un cierto número de personas sucias vestidas de oropel, calles horrendas y estrechas sin reparar, habitantes terriblemente delgados y más de la mitad de la plebe pide limosna. ”

Leipzig y Dresde le encantan, pero Viena le causa cierta decepción, según escribe a su hermana:

“Esta ciudad, que tiene el honor de servir de residencia al Emperador, no respondió en modo alguno a las ideas que de ella me había hecho, resultando ser mucho menos de lo que me esperaba encontrar. Las calles están muy cerca unas de otras y son tan estrechas que resulta imposible contemplar las bellas fachadas de los palacios, a pesar de que muchos de ellos son dignos de observación, pues son verdaderamente magníficos, todos construidos en fina piedra blanca y excesivamente altos. La ciudad es demasiado pequeña para el número de personas que desean vivir en ella y, según parece, los constructores han proyectado poner remedio a esa desgracia amontonando una ciudad sobre la otra, en vista de que la mayoría de las casas tienen cinco y hasta seis pisos.”

Pero el cambio radical se produce al internarse en las llanuras húngaras y deslizarse por los campos nevados hacia Oriente. La carta XXIII dirigida a su hermana desde Petrovaradin, (Serbia), ya en territorio turco, cuenta con detalles su peligroso viaje a través de Hungría. La frontera con el imperio turco se encontraba en esa zona, y una vez traspasada nuestra dama va de sorpresa en sorpresa y se da cuenta que aquello sí que es otro mundo. Y un mundo que, si por una parte la atemoriza, por otra la impresiona muy favorablemente. La carta XXIV, dirigida a Alexander Pope desde Belgrado, habla de la historia reciente del país y de las fluctuaciones de la frontera en la zona. En la carta XXVII enviada desde Adrianópolis describe su famosa visita al hamam, que tuvo lugar en Sofía (Bulgaria).

Las prolijas descripciones de los ropajes, vajillas, decoración de interiores, mezquitas ( que visitó disfrazada) deliciosos platos dulces y salados, se unen a las explicaciones de tipo social, histórico e incluso, puesto que la dama poseía una cultura clásica envidiable, a los comentarios mitológicos y su intento de encontrar huellas del pasado griego en todas aquellas tierras. La visita al hamam o baños femeninos, donde ella entra vestida de amazona y se encuentra a una multitud de damas completamente desnudas  (y depiladas) la produce pasmo y gozo a la vez. Es recíproco: las desnudas ninfas desean saber si la dama posee los mismos atractivos corporales y es requerida para desnudarse, pero al topar con las ballenas de su corsé, se frena la acción, quedando las damas turcas convencidas de que los hombres occidentales aprisionaban a sus mujeres con tales artilugios para restringir su libertad. Poco sabían de las modas…y los modos.
Lo cierto es que Lady Mary fue probablemente la primera en entrar (y contarlo) en los aposentos reservados a las mujeres, cosa que ningún hombre había podido hacer ( y salir vivo) y ella confronta lo que realmente ve con las historias muchas veces altamente fantasiosas que otros viajeros habían contado. Para todo ello se esforzó por aprender el idioma y tratar de conversar con las damas importantes, a las que abrumó con preguntas de todo tipo. Y usó muy a menudo los disfraces con la ropa local para moverse por la ciudad y conocer detalles impagables. Mercados, mezquitas, palacios, harenes y demás  son revisados y revisitados, con el consiguiente reportaje epistolar.

Otro aspecto a destacar en las cartas es el que dedica a la cuestión sanitaria: ella, que había sufrido la viruela en su propio cuerpo, conoció cómo los turcos inoculaban virus débiles en personas sanas como prevención de la enfermedad. Ella misma lo probó con su propio hijo y luego en Inglaterra, con su hija.  Quiso, a su retorno, expandir esta medida preventiva, pero fue tachada de peligrosa e ignorada. No fue hasta años después, en  1796, que el científico Edward Jenner descubrió “oficialmente” la vacuna.

Resumiendo, la impresión general que se desprende de esta correspondencia es que si el paraíso está en alguna parte, es en Oriente. Opulencia, lasitud, goce y disfrute de los sentidos, libertad sexual…Con muchos matices, pero comparando con las restricciones morales de los países cristianos, sobre todo protestantes, la vida desarrollada en los harenes y los serrallos le parece a nuestra dama sensual, atractiva y bastante más libre que en su propio país.  Claro que el Gran Turco es un autócrata que mantiene a sus súbditos en un puño, o más bien sus jenízaros son los que lo hacen…pero pensemos que no es hasta finales del siglo dieciocho que empiezan a caer en Europa las testas coronadas. Lady Mary se siente feliz rodeada del lujo oriental, en un clima lascivo y perezoso, donde la vida de las damas es plácida (o ella la percibe así) y la única inconveniencia que descubre que están obligadas moralmente a parir constantemente para mantener su estatus.
Lectura entretenida, divertida, jocosa, interesantísima por la cantidad de detalles que cuenta y el modo literario de hacerlo. Altamente recomendable.


 Fuensanta Niñirola



















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